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Esteban Victor Maidana...

"El hombre es su deseo " dijo aristoteles, y mi deseo seria que compartieran este simple diario de visicitudes, alegrias , y de todo.. en esta balanza que es la vida misma...sepan disculpar..si alguno no se ve reflejado...solo es la vida....DEJEN SU COMENTARIO ES TODO BIEN RECIBIDO... ESTEBAN

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28 de Agosto, 2009 · General

LA HERIDA SIGUE SANGRANDO...

Abro Bitacora...

Todo lo trascendente en la vida tiene su origen en hechos triviales. Esdifícil, a veces imposible, recordar el inicio, la causa primera de losfenómenos que nos marcan el alma para siempre, esos cuatro o cinco queseñalaríamos al final de la existencia como los “de verdadimportantes”. En mi caso, sin embargo, recuerdo perfectamente cómodescubrí el inicio de mi herida. Estaba a punto de entrar en la duchacuando, por puro azar, observé en el espejo el pequeño rasguño –no másamplio que una uña- que había aparecido en mi pecho, justo encima delcorazón. Le presté un fugaz segundo de atención porque no recordabacómo me lo había hecho y por su perfecta disposición vertical. Despuéslo olvidé por completo.


Hasta que días después una sensación molesta, que no llegaba apicor, me recordó de nuevo su presencia. De vez en cuando me sorprendíaa mi mismo frotándome por encima de la camisa, en un acto reflejosimilar al que provocan las patas de un insecto sobre la piel. Y cuandome puse de nuevo frente al espejo, no puedo ocultar que me quedeestupefacto ante lo que vi: el rasguño se había extendido hastaalcanzar la longitud de un dedo índice, y la piel aparecía enrojecida asu alrededor. Desinfecté la zona a conciencia, más sorprendido quepreocupado, pues no dejaba de darle vueltas a una pregunta para la queno tenía respuesta ¿Cómo podía haberse alargado de esa forma sin que yome diese cuenta?


Lo cierto es que en aquel periodo de mi vida tenía mucho trabajo,siempre con docenas de pequeñas –y no tan pequeñas- tareas pendientesde toda índole, por eso, y porque soy poco dado a las hipocondrías,creo que este extraño suceso quedó enterrado en un segundo plano por laacelerada rutina de los días cargados de responsabilidades, días queparecen misérrimos manojos de horas conseguidos en la beneficencia enlugar de días auténticos.


La preocupación llegó por sorpresa en la oficina, al bajar unarchivador de una estantería. Un perfecto círculo de sangre, pequeñopero evidente, crecía en la pechera de mi camisa. Corrí hasta losservicios; impulsado por la angustia, y desabroché los botones conansiedad. Involuntariamente di un paso atrás. El rasguño era ahora uncrudo surco en la carne, de horrendo tono purpúreo. En su parte media,unas gotas de sangre manaban lentamente, deslizándose por el surcohacia abajo. Me lavé como pude y volví a mi puesto, con la cabeza comouna centrifugadora descarrilada. Quedaba poco tiempo para salir. Nadieme hizo el menor comentario sobre mi camisa mojada de sangre y agua.


Al llegar a casa tuve que afrontar, de nuevo, pero esta vez desdeun prisma inédito, penoso y absurdo, mi relación con María. Estábamosatravesando uno de nuestros periodos de distanciamiento; apenashabíamos hablado en las últimas semanas…el número de discrepancias,encontronazos, circunstancias y otros factores que conformaban el nudode nuestra crisis se había enrevesado y solidificado tanto que no habíapor donde cogerlo…y en esto llegaba yo con una camisa manchada desangre por una herida que no tenía causa y que no dejaba de crecer…


-Mira como me he puesto la camisa –me atreví a decirle


-Yo la veo bien –dijo tras un rápido vistazo.


Volvíamos a las trincheras. Otro día más.


-¿Y esto también lo ves bien? ¿eh? –chillé -lo sé- mostrándole el sangrante tajo púrpura


-¡Oye oye, a mí tú no me gritas así! ¿vale? –reaccionó como unafuria. Si has tenido un mal día en la oficina lo pagas con otra ¿teenteras? –Dios…¡Eres insoportable! Y con un portazo se fue. Supongo quea su trabajo.


Y yo me quedé ahí de pie, solo, como un patético cristo mirándoseuna línea de sangre que rodaba desde el esternón hasta el ombligo.


Volví a lavar y sanear la herida. Y esta vez, al observarla más decerca a la luz blanca, no pude evitar un violento escalofrío. Era unaherida nauseabunda, salvaje, que no se parecía a nada que yo hubiesevisto nunca con anterioridad, como si la carne se hubiese abierto haciafuera. No cortada, ni quemada…abierta, sin más. Y en todo este tiempono había dejado de sangrar; de hecho, brotaba en mayor cantidad. Paramayor extrañeza, no me sentía en absoluto débil o mareado, que habríasido lo normal ante esta pérdida constante e imparable. En pocosminutos convertí la blancura del lavabo, los azulejos…en una siniestracarnicería, en la escena de un crimen repugnante. Entonces mi cuerpo seactivó con mil alarmas. Presioné la herida con tantas vendas como pudey salí de allí corriendo, invadido por el pánico, calculandomentalmente cuánto tiempo se tardaría en llegar al ambulatorio eintentando adivinar la cantidad de sangre que un hombre puede perderantes de caer muerto.


Tal vez no fue una buena idea la de echarme a correr. El corazóncomenzó a bombear con fuerza y la sangre se disparó como un cañón delinfierno hacia el exterior. Las vendas pasaron en segundos a ser unamasijo sanguinolento que chorreaba al compás de mi carrera desesperada.


-¡Socorro! ¡Ayúdenme, por favor! –gritaba, tan alto como podía -¡Me estoy desangrando, por Dios!


Pero la gente, en lugar de acercarse a prestar auxilio a un hombreen riesgo de muerte…¡Se apartaban! ¡Se apartaban de mí! ¿Es posible?¿Qué temían de un hombre escuálido como yo?...¿Cómo se supone que debepedir ayuda un hombre que se muere sin sobresaltar a nadie? Mientrascorría se me saltaban las lágrimas de puro miedo, impotencia…La sangremanaba ahora libre y sin freno, como un río innatural, pues nadie en latierra albergó jamás semejante cantidad de sangre en su cuerpo; y todoel mundo se había parado a mirarme…¡a mí! ¡Pero no al caudal aterradorque iba vertiendo por toda la calle abajo, manchando todo a mi pasocomo un horror imposible escapado del inframundo! ¡Me miraban sólo amí, como si fuese un pobre loco! Nunca antes había percibido tanclaramente la profunda soledad en la que nos encontramos.


Me detuve a recobrar el aliento, exhausto, justo a las puertas delambulatorio, con las manos sobre las rodillas mientras de mi pechoseguía manando un caudal de sangre inagotable. Jadeando, entré en eledificio, ya sin fuerzas:


-Un médico, por favor –me oí decir.


Esta vez sí me atendieron con urgencia, conduciéndome sin perdertiempo hasta una sala interior. Creo que fue por mi aspecto de absolutadesesperación, por entrar con el pecho descubierto y mi pasotambaleante, pero no por la abominación de mi herida a la que nadiehizo mención ni gesto para impedir de alguna forma mi desangramientomasivo. Sólo las vendas empapadas que seguía apretando con fuerza seinterponían entre la sangre y el exterior.


Tras sentarnos, el doctor se dirigió a mí.


-Dígame ¿Qué le ocurre?


Todos habían perdido la cabeza. O la estaba perdiendo yo.


¿Usted tampoco ve el río de sangre que me brota de la herida? –lasparedes me daban vueltas -¿Es que no ve cómo le estoy poniendo todo? ¿Oes que me están tomando el pelo? ¡HAGA ALGO! –ya no podía más.


Durante larguísimos segundos, el doctor me escrutó con ojosserios, analíticos. Eran los ojos que ya habían observado a miles depacientes, a lo largo de años y años.


Después, me dijo estas palabras con rotunda determinación:


-Usted no tiene ninguna herida en el pecho.


-¡QUË! –No podía creer la ofensa que estaba oyendo. Así que cogíla bola de vendas y la estampé con todas mis fuerzas contra la pared.Hizo un tremendo ruido de impacto húmedo que salpicó toda la sala y anosotros, sobre todo a él. Mis manos ocuparon el lugar de las vendas,pero la sangre seguía escapándose entre los dedos.


El buen doctor no se esperaba aquello. Creo que, gracias a su profesionalidad tardó poco en recuperarse de la impresión.


Con voz pausada, tranquilizadora, me hizo una oferta:


-Si usted me lo permite, le daré la prueba irrefutable de que notiene ninguna herida y de que, por descontado, ni yo ni nadie estamosaquí para divertirnos a su costa. Si tras esta prueba usted siguepensando igual, yo tendré que reconocer esa enorme herida que no dejade sangrar y que, por lo tanto, debía haberlo matado ya hace horas.


-De acuerdo, doctor –tenía la sensación de que esto era una vueltade tuerca más en esta confabulación, de este experimento, esta bromainhumana; pero decidí seguirle el juego. Tal vez así consiguiera algode ayuda. -¿Cuál es esa prueba?


El doctor abrió las dos puertas de un pequeño armario para guardarinstrumental que tenía tras de sí. En su cara interior, cada una de laspuertas estaba revestida por una lámina de espejo.


Mi propia imagen me impactó de lleno. Estaba demacrado, mostrabaun aspecto horrible. Veía mis manos la una sobre la otra haciendopresión, los huesos de las costillas marcándose en la piel.


Pero no había ninguna herida. Ni una sola gota de sangre por ninguna parte.


Y mientras contemplaba atónito aquel reflejo, seguía sintiendo elfluir de la sangre entre los dedos. Sangre que no aparecía en el espejo.


-¿Me cree ahora? –preguntó el doctor con una débil sonrisa.


Estaba estupefacto.


-No se ve…nada –musité.


-Claro, hombre. Tranquilícese, su vida no corre peligro.


Porque la evidencia irrefutable que mostraba la imagen en elespejo se contradecía con las sensaciones que me transmitían mis manos,antebrazos, y el resto de la piel que era bañada por la sangre queseguía manando.


Y al echar la vista abajo…¡La sangre seguía ahí, tan roja comosiempre! Miré alternativamente a mi cuerpo y al espejo, mis brazos y elespejo, mis pantalones apelmazados y el espejo…innumerables veces…y elresultado persistía. Percibía dos realidades contradictorias al mismotiempo.


-¿Co…cómo es posible doctor? –balbuceé, confuso. ¿Qué me está ocurriendo?


-No se preocupe. Dígame, ¿Cómo se ve en el espejo?


-Limpio de sangre.


-Bien, eso es lo importante. Yo también lo veo así.


-…Pero sigo sangrando, doctor. Es lo que siento, es lo que estoyviendo ahora mismo, en cuando dejo de observar el espejo. Todo siguemanchado de sangre…


-¿Puedo preguntarle si ha consumido drogas?


-No, ni siquiera fumo. Ni bebo.


-¿Considera que está viviendo un periodo de su vida especialmente estresante?


-Sí, eso sí. Me temo que así es.


El charco bajo mi silla se extendía con lentitud inexorable.


-Uhm…comprendo.


-¿Cómo es posible ver y sentir lo que no existe de forma constante? –mi voz temblaba. Estaba muerto de miedo.


-Verá, el cerebro tampoco es un órgano infalible. A veces seequivoca. Nuestra mente puede sufrir un amplio abanico de trastornos dediversa gravedad y posibilidades de tratamiento. Comprendo que estaalucinación que lo aqueja es –además de particularmente elaborada-angustiante en extremo; pero no debe preocuparse, hay docenas de casoscon peor pronóstico que el suyo. Usted sabe que esa hemorragia deser…um, real, sería mortal de necesidad ¿verdad?


-Eh…claro.


-Y usted mismo comprueba en el espejo que se trata de un error subjetivo en la percepción de su cuerpo ¿No es así?


-Aún me cuesta creerlo…pero sí.


-Por eso le digo que no debe preocuparse en exceso. La elaboraciónpodría haber sido aún mayor y seguir viendo la herida también en laimagen del espejo.


-¿Cree entonces que algún día dejaré de ver todo…esto? –me volví a mirar, asqueado.


-Eso es seguro. Pero ahora debe darse su tiempo, tener paciencia,por desagradable y nítida que sea su percepción. Tendrá queacostumbrarse y restarle importancia hasta que un día desaparezca. Estoes más normal de lo que la gente cree; se trata de una reacciónpsicosomática provocada por estrés y puede adoptar muchas formas:ceguera, parálisis, tartamudeos…en su caso se ha manifestado así, peropodría haber sido de cualquier otra manera. El estrés puede llegar aser terriblemente dañino.


-Es increíble…-susurré, mientras el suelo se alfombraba de rojo.


-Bien, pues ahora le pasaré con un compañero mío –me anunciólevantándose de su sillón-, el doctor Alberto, aquí al lado. Es muybueno en su trabajo, y no lo digo porque sea un amigo –sonrió conjovialidad-. Siga usted todas las indicaciones que le de al pie de laletra y ya verá como pronto todo esto queda en un mal recuerdo.


-Gra…gracias, doctor –le tendí la mano con aprensión, sabiendo quele ponía en el compromiso de ensuciarse bien con el apretón, tal y comode hecho ocurrió. Auque a él pareció no importarle.


-Venga, le acompaño…-sus pasos chapotearon en el suelo.


-Disculpe, doctor…¿No podría prestarme una bata o…algo para cubrirme?

Me sentía indefenso y…estúpido. Prometo que mañana se la traeré. Impoluta, por supuesto.


-Claro, hombre. Y así de paso me cuenta que tal le ha ido.


-Gracias…gracias por todo.

Me condujo hasta la sala de su amigo. Entró para hablar unos minutos en privado con él y después me hizo pasar.


-Cuídese…y descanse –se despidió al pasar a mi lado con una palmada en el hombro.


Dejando su huella de sangre en la reluciente bata que me había prestado.


Pasaron muchos meses –y muchas cosas- desde aquel díaaciago que nunca debió existir. Meses de terapia, de fármacos, decambios vitales –me divorcié de María, me despidieron del trabajo- ytratamientos de lo más variado. Les aseguro que pocas veces en mi vidahe puesto tanto empeño e implicación en una labor –sanarme-. Sinembargo, el doctor se equivocaba. La herida no ha dejado de sangrar niun solo minuto, ni uno solo, desde aquel día en que se abrió. En todoeste tiempo, qué duda cabe, he crecido mucho como persona. En esto síque puedo decir que mis terapeutas me han ayudado profundamente, ya queno en devolverme a mi estado de conciencia anterior. Puedes llegar aacostumbrarte a ensangrentar todo a tu alrededor si los que te rodeanactúan sin prestarle atención. Dicen que a toda persona, en algúnmomento de su vida, le toca sufrir su “herida crucial”, irrestañable,que transforma todo lo que llega después. Dicen que la cuchilla que laabre suele ser un hecho nimio, un pensamiento inconsciente, el residuode un sueño, un gesto de alguien…y que, desde entonces, dejamos de serquien estábamos destinados a ser. Esta herida es interna –aunque puedeque yo sea la extraña excepción a esta regla inexistente- y es elpropio cuerpo quien se encarga de que permanezcamos ignorantes a lahemorragia de esa herida, fagocitando la sangre oscura de nuestraidentidad originaria que convive moribunda junto a nosotros, hasta queexpiramos. Un lamento eterno y sin consuelo. Sólo cuando el cuerpofalla, o la sangre es mucha, llega hasta nuestra consciencia en formade tristeza sin causa aparente.


Y creo en esa hipótesis con firmeza, no por su sentido poético, nipor afinidad con mis creencias, sino por una experiencia trascendenteque me fue concedida. Una especie de visión que jamás volvió arepetirse, como la única oportunidad que se me otorgó para contemplarla realidad más allá de mis sentidos, y que fue así:


Estaba en mis primeros meses de tratamiento. Fue durante una tardedel mes de Junio. Caminaba por la calle enseñando de nuevo a mi mente apensar y dirigir la atención hacia ideas y hechos distintos a miperpetuo y constante derramamiento de sangre. Como si un velo que yoconsideraba transparente hubiese caído de mis ojos, ante mí sedescubrió un mundo superpuesto al que conocía y habitaba; al igual quemi herida siempre había estado ahí aunque no la percibiese. Me quedéparalizado ante la inmensa revelación. En un segundo mis fosas nasalesse saturaron con una intensa vaharada de hedor a plasma sanguíneo,como…cobre quemado. Las ventanas de los edificios lloraban un finomanto de líquido rojo, fluctuante a la luz del sol. De sus balcones,cornisas, tejados…de todos a la vez, como en los días de tormenta,chorreaba la sangre con estrépito, convirtiendo las calles en ríosespesos, pestilentes. Y salvo los niños más pequeños, todas laspersonas a las que alcanzaba mi vista sangraban profusamente. Algunas,como en mi caso, desde una herida en el pecho, otras desde la mitad dela frente, bañándose de la cabeza a los pies en siniestra ablución. Lasparejas caminaban fundidas en un abrazo coagulado, las madres empujabanlos cochecitos de sus hijos como mártires recién lapidadas. Losautobuses circulaban como depósitos rodantes de sangre, cuyo nivelmáximo se apreciaba en los cristales; y al llegar a una parada, seliberaba de sus pasajeros en una suerte de menstruación aberrante. Loscoches salpicaban a los transeúntes sin que ninguno se quejase. Lasalcantarillas vomitaban el exceso inasumible. Vi un avión cruzar elcielo con sus dos estelas blancas…y una fina nube rojiza pegada alfuselaje. La imaginación no puede construir por sí misma la oscuragrandiosidad de lo que contemplé…en verdad, es imposible. Y allí, enmitad de aquella escena infernal e inconcebible en otro tiempo, yo mesentí –por primera vez desde que la pesadilla comenzó-…acompañado;hasta entonces sabía que era un miembro de la sociedad, pero no fuehasta este preciso momento cuando me sentí, irrevocablemente, dentro dela misma. Tras esa imagen, el velo retorno a mis ojos. No volví a vernunca a mi ciudad sangrar.


El doctor se equivocó conmigo –sí, a veces hasta los buenosmédicos se equivocan-. Mi herida no desapareció con el tiempo, ni misangre dejó de verterse sin cesar. Y mi visión no es un trastorno de lapercepción o los sentidos, en absoluto, sino un don…un don único ydesconocido otorgado por la naturaleza. Aún ignoro su propósito final,el mensaje último que contiene, pero doy gracias por él cada día, porhaberme permitido contemplar lo que el resto de la humanidad, por símisma, jamás podrá llegar a ver:


Que el mundo flota en sangre. cierro bitacora...11:00 pm..

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publicado por victoresteban a las 23:00 · Sin comentarios  ·  Recomendar

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